domingo, 24 de marzo de 2013

Capítulo duodécimo

CAPÍTULO DUODÉCIMO

Ginecólogo, ante el estruendo que provenía del exterior, se despertó de su cama sobresaltado y se asomó a la ventana. Para su sorpresa vio una auténtica batalla campal, con gente en el suelo, otros heridos, algunos muertos... y pensó que a lo mejor era por culpa suya, y decidió largarse de ahí cuanto antes. Cuando bajó a recepción, no vio al recepcionista, así que dejó las llaves encima de la mesa y salió de allí. Intentó aprovechar la oscuridad para pasar desapercibido, pero notó que alguien le estaba persiguiendo. Cada vez andaba más deprisa y más deprisa, y su perseguidor igual, hasta que al final, se dio rápidamente la vuelta desenfundando su valioso revólver con capacidad de cinco balas y disparó hábilmente a su perseguidor, acertándole en el vientre. Cuando se acercó, vio que se trataba de Madame y no pudo contener las lágrimas. 

-Lo.. lo siento Madame... lo siento mucho...creí que ibas a matarme.
-No te preocupes hijo, da igual...
-¡Por favor no te mueras, por favor!
-Hazme un último favor hijo, tienes que llevarle esta carta a mi hija Roslin, estará por algún prostíbulo de Tennesse, por favor, tienes que dársela...
-Yo..yo se la daré Madame, usted no se preocupe...
-Júramelo.
-¿Qué?
-¡JÚRAMELO!
-Se lo juro, Madame.

Unos instantes después murió, y Ginecólogo se fue de allí entre sollozos. Siguió escondiéndose entre la oscuridad de la noche, evadiendo a sus presuntos "perseguidores", hasta que alcanzó una antigua carretera abandonada que se metía en un bosque. Al cabo de cinco minutos andando por allí, el pueblo quedaba muy atrás y ni se oían los gritos de la gente muriendo. Siguió caminando y caminando pero nadie pasaba por allí. Probablemente incluso desde antes de la Guerra. Se acurrucó en la cuneta convencido de pasar allí la noche pero el frío pronto le hizo cambiar de opinión, y se adentró en el bosque, con la esperanza de encontrar un cobertizo donde descansar a salvo de las inclemencias del tiempo. Pero tampoco tuvo suerte y volvió a la cuneta, donde se tumbó en el suelo esperando a quedarse dormido. Una vez hubo conciliado el sueño, un claxon infernal le despertó, y cuando abrió los ojos vio dos luces amarillas acercándose hacia él a toda velocidad. El vehículo frenó en seco y un hombre enfurecido abrió la puerta y se bajó.

-¿Pero tú eres tonto, que haces ahí tumbado?
-Disculpe señor, no quería hacerle detener su marcha.
-¡Pues quita de ahí antes de que decida pasar con mi Chevrolet sobre tu trasero!
-Está bien señor, no se enfade, por cierto, ¿no se dirigirá usted hacia el sur?
-Pues la verdad es que sí, me dirijo hacia el sur, ¿por qué?
-Me preguntaba si sería tan amable de llevarme, al menos una parte del trayecto, hasta Tennesse.
-Pues has tenido suerte chaval, mis chicos y yo teníamos pensado pasar por allí antes de llegar a la frontera, para, ya sabes, lo que se hace en Tennesse...
-Me temo que no sé qué es lo que se hace allí, es que yo soy un forastero, no entiendo mucho las costumbres sureñas.

El hombre rió.

-Pues verás, en Tennesse se para por las putas, el alcohol, el póker, ya sabes, las costumbres americanas.
-Entiendo, pues encantado de poder acompañarle hasta allí, por cierto, estoy buscando a una tal Roslin, trabaja en un prostíbulo de allí, ¿no le sonará por algún casual?
-Pues me temo que no, chico, pero ya preguntarás por allí, por cierto, me llamo Ben Dyk Jameson, aunque con frecuencia me llaman El Guitarras, y mis chicos se llaman Jerry Dallas, que es el que está ahí metido, y Johny Carter, el que va en la parte de atrás, ya les llamo...
-No, no es necesar...
-¡Ey chicos, venid, tenemos compañía! 

Dos hombres jóvenes de alrededor de veinticinco años se acercaron.

-Mira, éste es Jerry y él es Johny, y tú eres...
-Ginecólogo.
-Eso, Ginecólogo.
-Encantado -dijo Jerry.
-Un placer -dijo Johny.
-Verás Ginecólogo, mis chicos y yo nos dedicamos a la compraventa de herramientas en México, la verdad es un negocio bastante rentable, yo estaba desesperado en el paro hasta que salió aquella bendita "Ley de la herramienta".
-¿De qué trata esa ley? -quiso saber Ginecólogo.
Pues verás, hará un par de años, el gobierno mexicano prohibió la distribución de herramientas debido a la alta subida del crimen tras la prohibición de las armas de fuego, es decir, los "malos" se pasaron de la pistola al destornillador, lo cuál es mucho más macabro, pero más barato y más práctico.
-Entiendo, y vosotros les proporcionáis las armas...
-No, no, a ver, que un montón de chusma use las herramientas para desatornillar huesos no quiere decir que no haya gente honrada que las necesite para trabajar, bien, pues nosotros se las llevamos a la gente honrada.
-¿Y cómo sabéis que van a usarlas con buen propósito?
-Pues verás, nosotros conocemos a los clientes, eran amigos nuestros y vecinos antes de que pusieran la Valla, así que confiamos en ellos... Bueno, ya nos hemos demorado mucho, sube a la parte de atrás, Johny te hará compañía.



Cuando Skinny despertó todo le daba vueltas, le dolía un montón la cabeza pero más le dolía la humillación por haber caído a las primeras de cambio. Todo el pueblo estaba yéndose, parecían los miles de judíos que abandonaron Egipto y deambularon por el desierto, solo que con gentuza peor. Skinny y Spanky se reunieron y dedujeron que era mejor seguirles antes que quedarse en aquél pueblo sombrío a la espera de que les cazaran los salvajes. No tardaron en darse cuenta de que se dirigían a un aeródromo situado a tres días de allí, y un vecino les dijo que volarían con "Aerolíneas Iveria", hasta la remota ciudad de Madrid, al otro lado del gran charco. En la marcha se unieron con los habitantes de Villaverde, que también sufrieron el acoso de los salvajes, y Skinny reconoció a los de la OTAN, pero fingió que no se daba cuenta y no les hizo el menor caso. Al llegar al aeródromo había dos aviones del mismo modelo, eran de ala alta, con cuatro motores de hélice y un gran tamaño. Cuando empezaron a embarcar, a Skinny le inundó un mal presentimiento.

-No vamos a poder pagarlo -le dijo a Spanky.
-Tiene toda la pinta, pero por probar no perdemos nada.

Pero al llegar la azafata no les dejó entrar y amenazó con llamar a seguridad si no se iban. Skinny le propuso a Spanky ir a la playa y coger allí un barco express que les llevaría hasta allí por un precio razonable. Spanky asintió y ambos salieron del lugar cabizbajos, y luego se quedaron a ver como despegaban los dos aviones hasta que se perdieron en el gran cielo azul.

















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