martes, 30 de abril de 2013

Capítulo decimocuarto

CAPÍTULO DECIMOCUARTO



Al día siguiente, Betty y Allison se reunieron en la esquina donde se bifurcaban sus caminos al ir a casa, pero esta vez iban en sentido contrario, es decir, hacia el colegio, ya que era por la mañana y tenían la supuesta obligación de ir. Por el camino se encontraron con César, un compañero de clase, que les dedicó una sonrisa tímida de cortesía y aceleró el paso para escapar de una posible mala compañía hasta el instituto, repleta de conversaciones incómodas y políticamente correctas. Betty y Allison tampoco ponían un especial interés en conseguir la compañía de César, le consideraban un chico tímido y ligeramente antipático, con un no muy alto escalafón social y sin duda ser vistas cerca suyo no repercutiría muy positivamente en su reputación. Cuando se hubo alejado lo suficiente, Allison desencadenó el diálogo que ambas esperaban con impaciencia.

-¿Qué opinas de ese chico?

-¿Quién, César?

-Sí.

-Pues no sé, la verdad, no me había fijado mucho en él, ni me va ni me viene.

-El otro día le oí decir en una conversación con un amigo suyo que no sé como se llama decir que Hitler fue bueno.

-¿De verdad dijo eso? No, si gente imbécil hay por todos lados, qué se le va a hacer...

Al llegar a clase, Alma Castillo, la delegada de clase, se acercó a Betty y le dijo que el viernes había una fiesta de la Sociedad de Mujeres, y que si querían podían hacerse socias y asistir al evento. Un mundo de oportunidades maravillosas se abrió ante los ojos de Betty, y sin más dilación aceptó dicha invitación. Para más inri, las acogieron en el corrillo de las chicas que se había formado, donde estaba la élite de la popularidad, es decir, chicas como Paula Modestias, María Saltwater, Dooria Sacapuntas, Amargada Kindelan, Alejandra Popper y demás celebridades de la escuela. Al principio, Betty y Allison no soltaron palabra pero poco a poco fueron cogiendo confianza hasta que Betty tuvo el atrevimiento de participar en la conversación superando el miedo al rechazo por la posible incoherencia que pudiera decir.

-¿Sabéis quién es ese chico de ahí, César?

-Sí, ¿por? -dijo Alma Castillo.

-No sé, íbamos esta mañana de camino a clase cuando le vimos, y Allison me dijo que el otro día le oyó decir que era nazi o algo así.

Alma se sobresaltó.

-¿Cómo? ¿Nazi? ¡Ahora mismo le voy a dejar las cosas bien claras a ese subnormal!

Alma se apartó del corro y se dirigió velozmente, ante la atenta mirada de sus compañeras, hacia el sitio de César, que inocentemente sacaba el material escolar de su mochila sin pensar en la avalancha de ignorancia y superioridad social que estaba apunto de venírsele encima.

-¡Eh, tu, gilipollas!-le gritó Alma mientras se acercaba.

César le miró con una mirada de sorpresa y a la vez de inferioridad.

-¿Ocurre algo?

-¿Tú de qué vas nazi de mierda?

-¿Perdón?

-¿Ahora te achantas o qué? Sabemos que eres nazi.

-¿Ah sí? Lo dudo ligeramente.

Allison saltó en la conversación, pensando que podía ganar puntos y escalar puestos en el ránking social si demostraba su valentía en la conversación.

-¡El otro día dijiste que Hitler era bueno!

-Pues me parece que mis recuerdos sobre lo que pude haber dicho el otro día no coinciden con los tuyos.

-¡No lo niegues ahora! ¡Te oí!

-Pues no lo sé, en todo caso diría que era un buen político.

-¡Me da igual, estás defendiendo a un asesino!

-¿Si o qué?

-¡Encima vacilas! ¡Vete a la mierda, no me hagas enfadarme, chaval!

-Te recomendaría que estudiaras la historia con un poco más de objetividad, aunque es bastante probable que la alienación social extrema que sufres combinada con tu escaso nivel intelectual te complique bastante las cosas, así que, pensándolo bien, lo mejor es que sigas intentando integrarte en ese grupo de chicas basado en la superficialidad social donde probablemente encuentres un nivel de deshumanización mayor que el de Hitler, así que, bueno, ya sabes por dónde ir.

Allison no supo que responder, principalmente porque no se acordaba de la mitad de la frase y desconocía el significado de la mayoría de las palabras, así que se dio media vuelta y se sentó en su sitio. Mientras, César bajó la mirada a sus apuntes y empezó a escribir algo, bueno, mejor dicho, a hacer que escribía algo, todo valía con tal de no mirar al corrillo de las chicas.





Al cabo de algo más de tres horas en el barco, Skinny empezó a aburrirse. Se había hartado de ver siempre aquél monótono paisaje de olas subiendo y bajando, y aquella brisa fría que le ponía los pelos de punta. Al cabo de cinco horas más, hubo una tormenta. El barco empezó a tambalearse y parecía que en cualquier momento Poseidón engulliría aquél pedazo de madera que se atrevía a inmiscuirse en sus dominios. El barco zozobró y se elevó demasiado por estribor, y Spanky, que estaba sentado en el lado opuesto, cayó al agua. Intentó mantenerse a flote como pudo pero le costaba horrores, era demasiado pesado. El capitán al darse cuenta de lo ocurrido intentó virar para recogerle pero Skinny se lo impidió.

-No podemos perder más tiempo, continúa.

-¡Pero se va a ahogar!

-Eso no es problema tuyo, que no se hubiera caído.

El capitán asintió y el barco continuó su trayectoria original dejando a Spanky solo entre la espuma. Spanky, demasiado cansado para mantenerse a flote, tuvo que soltar a Tizona, le pesaba demasiado y su vida tenía una ligera prioridad que su arma, y vio como se perdía entre las profundidades aquella pieza de metal que tantas vidas había arrebatado. Intentó nadar para alcanzar el barco pero era inútil, cuanto más corría, más lejos estaba. Las esperanzas de Spanky se habían hundido junto con Tizona pero la diosa Fortuna se apiadó de él y decidió darle una oportunidad. Una sacudida brutal azotó al barco provocando que se quebrara el mástil y cayera al mar. El barco quedó a la deriva y Spanky pudo alcanzarlo tras una hora de intenso esfuerzo físico nadando. Cuando lo alcanzó, quedó inconsciente por el esfuerzo realizado y se quedó tumbado en la cubierta. Después de un tiempo, que podría ir desde los pocos minutos hasta los varios días, despertó, pero nada había cambiado. El barco seguía a la deriva y seguían rodeados por el gran azul. Tras dos días a la deriva, el capitán divisó lo que parecía ser una isla, por lo que Skinny y Spanky se alegraron, pero el capitán mantenía un semblante serio.

-No sé de qué os alegráis, idiotas, más de la mitad de las islas de estos mares están pobladas por horrores peores de lo que podráis imaginar, rezar porque hayamos tenido suerte y esté desierta.

Como la corriente les alejaba de la isla, no tuvieron más remedio que lanzarse al agua y nadar hasta la orilla, y quedaron allí tumbados, indefensos ante lo que albergaba aquél montículo de tierra que sobresalía del agua.








































viernes, 19 de abril de 2013

Capítulo decimotercero

CAPÍTULO DECIMOTERCERO

Skinny y Spanky tuvieron que abandonar el aeropuerto, por llamarlo de alguna forma, y cogieron una antigua carretera abandonada que les llevaría a la playa. Fue una larga caminata de más de tres horas de duración, y se hizo más larga aún porque nuestros personajes no intercambiaron palabra alguna, pero al final, consiguieron llegar sin estar demasiado cansados, y sin más dilación, fueron a preguntar donde podrían encontrar una embarcación que les llevara al otro lado del Gran Charco. Por la calle paseaba un hombre campechano, en chanclas, pantalón corto, y una camisa sucia abierta, al igual que el resto de su cuerpo, y la mayoría de sus dientes habían emigrado de su boca en busca de un mejor lugar donde vivir. Skinny pensó que aquél desgraciado no debía poseer demasiado nivel adquisitivo, pero aun así, se acercó y le preguntó.

-Disculpe caballero, ¿podría usted indicarme a mi y a mi compañero dónde podríamos encontrar un lugar donde se alquilen embarcaciones de largo recorrido?

-Está bien, pero antes tendréis que responderme una sencilla pregunta, ¿vale?

Skinny miró a Spanky con inseguridad.

-Vale.

-Bien, ¿cuánto es tres más dos?

Skinny titubeó.

-Podría decir con toda seguridad que cinco.

-¡Y POR EL CULO TE LA INCO!

El hombre pobre echó a reir. Skinny dedujo que estaba borracho, y no sabía si propinarle una buena paliza o darle una segunda oportunidad.

-Sí, vale, sin duda un chiste muy ingenioso que denota a todas luces su clase social pero... ¿podría indicarme como llegar al lugar que le he preguntado?

-Pues no sé, vete hacia el puerto, allí es donde se supone que se guardan los barcos en la mayoría de las sociedades.

A Skinny le molestó que ese ser se le riera en la cara.

-Está bien, deja que te haga una pregunta más y permitiré que vuelvas a tu mundo de alcoholismo y drogadicción, ¿llevas algo de valor encima?

-Pues llevo la cadenita de oro que me regaló mi madre al nacer, es lo único que llevo siempre.

Skinny sonrió.

-Me servirá.

Spanky agarró al borracho por detrás y Skinny le arrancó la cadena de oro, luego Spanky le pegó un rodillazo en las lumbares y se quedó tirado en el suelo, jadeando, mientras Skinny y Spanky se alejaban con su nuevo botín. Al cabo de unos minutos llegaron al puerto y pararon en el primer anuncio de viajes express que vieron. Inmediatamente salió el encargado.

-Buenos días señores, soy el Capitán Litt, ¿cuál de nuestras ofertas desean?

-Queríamos viajar a España.-dijo Skinny.

-Muy bien, tenemos a nuestra disposición sólo un barco de momento, los demás están en viajes actualmente, quieren esperar a que lleguen y poder elegir o prefieren salir cuanto antes?

-Saldremos cuanto antes.

-Bien, el barco que tenemos en puerto es un fsjal, construído hace cuatro años con madera de pino, sus viajes en él son un poco incómodos si les soy sincero.

-Da igual, viajaremos en esa cosa.

-Bien, ¿qué van a ofrecer como pago?

-Nuestra gratitud.

-Lo siento, es sin duda un intercambio interesante pero la política de la empresa solo nos permite aceptar objetos en metálico.

-Entiendo, pues tengo esta cadena de oro.

-Eso valdrá, suban a bordo.

Una hora más tarde, al anochecer, Skinny, Spanky y el Capitán Litt se lanzaron a la mar.




Al salir del instituto, Betty y Allison fueron juntas a casa, cosa que hacían la gran mayoría de los días no festivos. Eran amigas desde la infancia, y habían pasado juntas todos los momentos felices y, en mayor parte tristes, de cada una de sus tristes vidas. Betty era pelirroja, con pecas que le cubrían la cara y los brazos, y una tez blanca, típica de las islas británicas. En contraposición, Allison presentaba rasgos sudamericanos, es decir, tez morena, cara redonda, y esas facciones tan características de dicha raza. El denominador común de ambas señoritas era su sobrepeso, ambas poseían esa incómoda cualidad. Pero no era el típico sobrepeso que aparece cada vez más en las mujeres sedentarias de la sociedad actual, aquél que se conoce como "llevar unos kilitos de más", debido a la falta de ejercicio y la incontrolada ingesta de grasas de dudosa procedencia sin duda nocivas para el organismo, no, su sobrepeso era más que eso, llegaba incluso a rozar la obesidad. Betty y Allison achacaban sus fracasos sentimentales exclusivamente a su apariencia física, y culpaban casi a diario a la sociedad, que establecía sin miramientos que la belleza no era directamente proporcional al peso, y que fomentaba que las chicas estuvieran delgadas. Pero, en el fondo, tanto Betty como Allison pagarían lo que fuera por lucir el tipo de las mujeres que desfilan por las pasarelas, por sentirse deseadas, por poder quitarse la camiseta en verano sin pasar ninguna vergüenza por su aspecto físico.

-¿Te has enterado?-dijo Betty.

-¿Enterarme de qué?

-Pues de que ahora Zack Niggerson está saliendo con Paula Modestias, la zorra esa de la clase de al lado.

-Joder, que injusto es el mundo, esa chica no se lo merece, Zack es muy buena persona como para estar con ese bicho, no sé, estaría mucho mejor contigo o conmigo.

-Ya lo sé, pero los chicos de hoy en día solo se fijan en el exterior cuando lo que importa es lo de dentro.

-Toda la razón, vamos, parece que con estar buena, llevar escotes sugerentes y minifalda que se ve medio culo ya te puedes ligar a cualquiera, es que de verdad, que imbéciles son los hombres, solo piensan en el sexo, y no se dan cuenta de que están con una tía subnormal perdida.

-Ya ves, menuda mierda de sociedad, pero bueno, yo sigo creyendo que algún día llegará mi príncipe azul, y todo lo demás me dará igual...

-¿Y cómo es tu príncipe azul?

-Pues no sé, guapo, que sea buena persona, inteligente, irnos todas las noches en su coche a lo alto de la montaña y quedarnos allí mirando la Luna... Podría ser Zack Niggerson perfectamente, es tan mono...

-Pero ya lo has visto, se van con las de siempre, en este mundo no hay hombres para las mujeres de verdad como tú o como yo...

Al fin llegaron al cruce que separaba sus caminos, Allison se fue por la izquierda y Betty siguió recto. Al final Betty llegó al bloque de pisos donde vivía, eran unos apartamentos pequeños, sin piscina, descuidados, y poco acogedores. Al entrar a casa vio a su padre, Ralph, en calzoncillos con un ventilador rotando sus aspas a toda máquina para intentar liberar del sudor y refrescar su cuerpo grasiento y fofo, producto de años de malas comidas, y tardes enteras de cerveza en cerveza pasadas delante del televisor. Betty le dijo un escueto "hola", y su padre le respondió con un vago gesto con la mano, y se dirigió a su cuarto. El cuarto de Betty estaba pintado de rosa, y tenía posters por las paredes de personajes famosos del mundo del cine y de la música, adolescentes que les había llegado el éxito demasiado pronto y causaban furor entre las mujeres adolescentes de la mentalidad de Betty y Allison. Betty soñaba con ser la novia de alguna de aquellas celebridades y salir por todas las televisiones del mundo, ir a eventos, en fin, creo que no hace falta explicar cuáles son los deseos platónicos de quinceañeras mediocres sin muchas aspiraciones en la vida. Al cabo de un rato subió su madre de pasear al perro, también poseía sobrepeso, y tenía el pelo igual que Betty, pero su cara era totalmente distinta. Cuando le quitó el collar al perro empezó a gimotear, salir a la calle era el único anhelo de libertad que tenía, lo único que lo sacaba de aquella prisión psicológica, de esa familia, de la dejadez personificada, pero bueno, un perro no puede pensar mucho más que eso, todavía no se ha dado el caso de que "el mejor amigo del hombre" llegue a pensamientos muy profundos. 

-¡Berta, tráeme una cerveza de la nevera, haz el favor!-dijo Ralph entre gritos para que le oyera su mujer, a varias habitaciones de distancia.

-¡Voy!

Ralph estaba viendo el campeonato mundial de rugby, uno de antes de la guerra, ni siquiera sabía de qué año era. Estaba grabado en una cinta VHS que a veces daba problemas, pero menos era nada. El partido era Inglaterra contra Argentina, y cada día veía el partido con la vaga esperanza de que alguna vez el partido cambiara, pero no, día tras día veía como Inglaterra aplastaba a los pobres argentinos. Betty se puso a hacer los deberes, era una estudiante mediocre, de media suspendía una o dos asignaturas por evaluación, pero las recuperaba sin problema, su peor pesadilla eran las matemáticas y la física, y en cuanto pudiera se cambiaría a letras para liberarse de tan terrible agonía. En resumidas cuentas, esa era su rutina diaria, día tras día el mismo despertar, el mismo malestar general, las mismas conversaciones con Allison, todo era igual, y así transcurría el tiempo a la espera de que algún hecho utópico pudiera cambiar su rutinaria y triste vida que poco a poco la mataba por dentro, pero ese hecho no parecía llegar nunca...