CAPÍTULO DECIMOTERCERO
Skinny y Spanky tuvieron que abandonar el aeropuerto, por llamarlo de alguna forma, y cogieron una antigua carretera abandonada que les llevaría a la playa. Fue una larga caminata de más de tres horas de duración, y se hizo más larga aún porque nuestros personajes no intercambiaron palabra alguna, pero al final, consiguieron llegar sin estar demasiado cansados, y sin más dilación, fueron a preguntar donde podrían encontrar una embarcación que les llevara al otro lado del Gran Charco. Por la calle paseaba un hombre campechano, en chanclas, pantalón corto, y una camisa sucia abierta, al igual que el resto de su cuerpo, y la mayoría de sus dientes habían emigrado de su boca en busca de un mejor lugar donde vivir. Skinny pensó que aquél desgraciado no debía poseer demasiado nivel adquisitivo, pero aun así, se acercó y le preguntó.
-Disculpe caballero, ¿podría usted indicarme a mi y a mi compañero dónde podríamos encontrar un lugar donde se alquilen embarcaciones de largo recorrido?
-Está bien, pero antes tendréis que responderme una sencilla pregunta, ¿vale?
Skinny miró a Spanky con inseguridad.
-Vale.
-Bien, ¿cuánto es tres más dos?
Skinny titubeó.
-Podría decir con toda seguridad que cinco.
-¡Y POR EL CULO TE LA INCO!
El hombre pobre echó a reir. Skinny dedujo que estaba borracho, y no sabía si propinarle una buena paliza o darle una segunda oportunidad.
-Sí, vale, sin duda un chiste muy ingenioso que denota a todas luces su clase social pero... ¿podría indicarme como llegar al lugar que le he preguntado?
-Pues no sé, vete hacia el puerto, allí es donde se supone que se guardan los barcos en la mayoría de las sociedades.
A Skinny le molestó que ese ser se le riera en la cara.
-Está bien, deja que te haga una pregunta más y permitiré que vuelvas a tu mundo de alcoholismo y drogadicción, ¿llevas algo de valor encima?
-Pues llevo la cadenita de oro que me regaló mi madre al nacer, es lo único que llevo siempre.
Skinny sonrió.
-Me servirá.
Spanky agarró al borracho por detrás y Skinny le arrancó la cadena de oro, luego Spanky le pegó un rodillazo en las lumbares y se quedó tirado en el suelo, jadeando, mientras Skinny y Spanky se alejaban con su nuevo botín. Al cabo de unos minutos llegaron al puerto y pararon en el primer anuncio de viajes express que vieron. Inmediatamente salió el encargado.
-Buenos días señores, soy el Capitán Litt, ¿cuál de nuestras ofertas desean?
-Queríamos viajar a España.-dijo Skinny.
-Muy bien, tenemos a nuestra disposición sólo un barco de momento, los demás están en viajes actualmente, quieren esperar a que lleguen y poder elegir o prefieren salir cuanto antes?
-Saldremos cuanto antes.
-Bien, el barco que tenemos en puerto es un fsjal, construído hace cuatro años con madera de pino, sus viajes en él son un poco incómodos si les soy sincero.
-Da igual, viajaremos en esa cosa.
-Bien, ¿qué van a ofrecer como pago?
-Nuestra gratitud.
-Lo siento, es sin duda un intercambio interesante pero la política de la empresa solo nos permite aceptar objetos en metálico.
-Entiendo, pues tengo esta cadena de oro.
-Eso valdrá, suban a bordo.
Una hora más tarde, al anochecer, Skinny, Spanky y el Capitán Litt se lanzaron a la mar.
Al salir del instituto, Betty y Allison fueron juntas a casa, cosa que hacían la gran mayoría de los días no festivos. Eran amigas desde la infancia, y habían pasado juntas todos los momentos felices y, en mayor parte tristes, de cada una de sus tristes vidas. Betty era pelirroja, con pecas que le cubrían la cara y los brazos, y una tez blanca, típica de las islas británicas. En contraposición, Allison presentaba rasgos sudamericanos, es decir, tez morena, cara redonda, y esas facciones tan características de dicha raza. El denominador común de ambas señoritas era su sobrepeso, ambas poseían esa incómoda cualidad. Pero no era el típico sobrepeso que aparece cada vez más en las mujeres sedentarias de la sociedad actual, aquél que se conoce como "llevar unos kilitos de más", debido a la falta de ejercicio y la incontrolada ingesta de grasas de dudosa procedencia sin duda nocivas para el organismo, no, su sobrepeso era más que eso, llegaba incluso a rozar la obesidad. Betty y Allison achacaban sus fracasos sentimentales exclusivamente a su apariencia física, y culpaban casi a diario a la sociedad, que establecía sin miramientos que la belleza no era directamente proporcional al peso, y que fomentaba que las chicas estuvieran delgadas. Pero, en el fondo, tanto Betty como Allison pagarían lo que fuera por lucir el tipo de las mujeres que desfilan por las pasarelas, por sentirse deseadas, por poder quitarse la camiseta en verano sin pasar ninguna vergüenza por su aspecto físico.
-¿Te has enterado?-dijo Betty.
-¿Enterarme de qué?
-Pues de que ahora Zack Niggerson está saliendo con Paula Modestias, la zorra esa de la clase de al lado.
-Joder, que injusto es el mundo, esa chica no se lo merece, Zack es muy buena persona como para estar con ese bicho, no sé, estaría mucho mejor contigo o conmigo.
-Ya lo sé, pero los chicos de hoy en día solo se fijan en el exterior cuando lo que importa es lo de dentro.
-Toda la razón, vamos, parece que con estar buena, llevar escotes sugerentes y minifalda que se ve medio culo ya te puedes ligar a cualquiera, es que de verdad, que imbéciles son los hombres, solo piensan en el sexo, y no se dan cuenta de que están con una tía subnormal perdida.
-Ya ves, menuda mierda de sociedad, pero bueno, yo sigo creyendo que algún día llegará mi príncipe azul, y todo lo demás me dará igual...
-¿Y cómo es tu príncipe azul?
-Pues no sé, guapo, que sea buena persona, inteligente, irnos todas las noches en su coche a lo alto de la montaña y quedarnos allí mirando la Luna... Podría ser Zack Niggerson perfectamente, es tan mono...
-Pero ya lo has visto, se van con las de siempre, en este mundo no hay hombres para las mujeres de verdad como tú o como yo...
Al fin llegaron al cruce que separaba sus caminos, Allison se fue por la izquierda y Betty siguió recto. Al final Betty llegó al bloque de pisos donde vivía, eran unos apartamentos pequeños, sin piscina, descuidados, y poco acogedores. Al entrar a casa vio a su padre, Ralph, en calzoncillos con un ventilador rotando sus aspas a toda máquina para intentar liberar del sudor y refrescar su cuerpo grasiento y fofo, producto de años de malas comidas, y tardes enteras de cerveza en cerveza pasadas delante del televisor. Betty le dijo un escueto "hola", y su padre le respondió con un vago gesto con la mano, y se dirigió a su cuarto. El cuarto de Betty estaba pintado de rosa, y tenía posters por las paredes de personajes famosos del mundo del cine y de la música, adolescentes que les había llegado el éxito demasiado pronto y causaban furor entre las mujeres adolescentes de la mentalidad de Betty y Allison. Betty soñaba con ser la novia de alguna de aquellas celebridades y salir por todas las televisiones del mundo, ir a eventos, en fin, creo que no hace falta explicar cuáles son los deseos platónicos de quinceañeras mediocres sin muchas aspiraciones en la vida. Al cabo de un rato subió su madre de pasear al perro, también poseía sobrepeso, y tenía el pelo igual que Betty, pero su cara era totalmente distinta. Cuando le quitó el collar al perro empezó a gimotear, salir a la calle era el único anhelo de libertad que tenía, lo único que lo sacaba de aquella prisión psicológica, de esa familia, de la dejadez personificada, pero bueno, un perro no puede pensar mucho más que eso, todavía no se ha dado el caso de que "el mejor amigo del hombre" llegue a pensamientos muy profundos.
-¡Berta, tráeme una cerveza de la nevera, haz el favor!-dijo Ralph entre gritos para que le oyera su mujer, a varias habitaciones de distancia.
-¡Voy!
Ralph estaba viendo el campeonato mundial de rugby, uno de antes de la guerra, ni siquiera sabía de qué año era. Estaba grabado en una cinta VHS que a veces daba problemas, pero menos era nada. El partido era Inglaterra contra Argentina, y cada día veía el partido con la vaga esperanza de que alguna vez el partido cambiara, pero no, día tras día veía como Inglaterra aplastaba a los pobres argentinos. Betty se puso a hacer los deberes, era una estudiante mediocre, de media suspendía una o dos asignaturas por evaluación, pero las recuperaba sin problema, su peor pesadilla eran las matemáticas y la física, y en cuanto pudiera se cambiaría a letras para liberarse de tan terrible agonía. En resumidas cuentas, esa era su rutina diaria, día tras día el mismo despertar, el mismo malestar general, las mismas conversaciones con Allison, todo era igual, y así transcurría el tiempo a la espera de que algún hecho utópico pudiera cambiar su rutinaria y triste vida que poco a poco la mataba por dentro, pero ese hecho no parecía llegar nunca...
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