CAPÍTULO NOVENO
-Muy bien, dígame su nombre si es tan amable -dijo el recepcionista.
-Soy Ginecólogo.
-¿Y apellidos?
-No tengo.
-Entiendo, bien, pues la habitación serían unos cien dólares la noche, con todo incluído.
-Perfecto, pues aquí va para unas tres noches.
-A ver... cien, doscientos, trescientos... sí, está todo, muchas gracias, bienvenido y esperemos que tenga una feliz estancia.
-Muchas gracias, por cierto, ¿cuánto le pagan actualmente en su puesto de trabajo?
-¿Por?
-Nada, sólo era curiosidad.
-Lo suficiente para mantenerme a mi y a la pobre de mi mujer, que desde que quedó pentapléjica al intentar suicidarse no tenemos para muchos gastos.
-El suicidio no renta.
-No.
-Adiós.
Ginecólogo subió las escaleras de aquél maltrecho hotel y se dirigió a su habitación. Era la número doce. Ginecólogo se quedó pensativo y bajó de nuevo las escaleras.
-Disculpe señor.
-¿Sí? ¿Hay algún problema?
-Creí haber dejado por escrito que quería una habitación impar.
-Lo siento mucho señor, pero a mi no me llegó ninguna información, pero si le place, se la podemos cambiar, ¿cuál desearía?
-Deme la once si puede ser.
El recepcionista se puso a buscar entre el armario hasta que al cabo de un minuto se dio la vuelta.
-Ha tenido suerte, la once era la única que nos quedaba impar.
-Ya lo sabía, buenas noches.
Ginecólogo se dio media vuelta, y empezó a caminar rumbo a su habitación, ante la cara pensativa de aquél simple recepcionista. Ginecólogo alcanzó su habitación y dejó la mochila con sus efectos personales encima de la cama, y acto seguido empezó a investigar su nuevo cuarto. Movió la cama y vio que había un agujero en la pared que conectaba con la habitación número doce, y lo tapó con un sucio calcetín que sacó de su mochila. Después intentó encender sin éxito la antigua televisión, y al cabo de numerosos intentos fallidos, se tumbó en el suelo y quedó allí dormido.
Skinny se levantó de su cama dolorido, había pasado muy mala noche y apenas había conseguido dormir un par de horas. Después de asearse, salió a la calle en ayunas y fue directo a la casa de Spanky. Skinny llamó a la puerta pero no hubo respuesta. Pensó en volver a llamar pero consideró que era mejor no hacerlo, Spanky saldría cuando tuviera que salir. Al cabo de tres horas Spanky salió a la calle, y juntos se fueron a donde habían estado la última vez, lo llamaban "El Intercambiador". Estaba en lo alto de la montaña, en un bosque frondoso, mas concretamente en una antigua cueva donde supuestamente antes pasaba un río. Se adentraron en dicha cueva hasta que llegaron al final, donde había pintada una boca demoníaca en una pared. Skinny y Spanky apoyaron en el interior de la boca su mano izquierda aplicando una presión constante, y notaron cómo el mundo giraba alrededor suyo y acabaron en la misma posición pero todo estaba del revés, como si de un espejo se tratara. Al salir de la cueva seguía habiendo un bosque, pero ligeramente distinto al original, y más allá del bosque la realidad cambiaba completamente. Skinny y Spanky avanzaron hacia los límites de aquél bosque bajo un frío intenso y llegaron a un complejo de edificios vallado. La valla estaba compuesta de un metal pintado de verde, desgastado, y la parte de arriba acababa en afilados pinchos. Skinny y Spanky rodearon el perímetro vallado hasta que llegaron a una puerta que se encontraba abierta, y decidieron entrar por ahí. Caminaron por una senda que estaba situada entre un campo abandonado y otro de fútbol, posteriormente se encontraron con uno de baloncesto, techado, y unas escaleras. Subieron las escaleras y se encontraron un edificio blanco, bastante alto, y con unas escaleras rojas que llevaban desde el suelo al piso superior. Skinny y Spanky intentaron subir por ahí pero una puerta cerrada se lo impedía.
-Spanky, ya sabes qué hacer.
-No creo que sea buena idea, este sitio no es por donde habitamos nosotros, deberíamos ser cautelosos.
-Menudo cagado...
Skinny y Spanky siguieron caminando y se encontraron de nuevo unas escaleras, con una gran puerta roja metálica de barras impidiendo el paso a la parte superior.
-Skinny, creo que estamos en un colegio.
Skinny, ante semejante obviedad, hizo caso omiso y saltó la valla. Se encontró de nuevo en un patio, con unos grandes bloques de edificios interconectados al frente, y un pasillo a mano derecha. decidió ir por el pasillo y llegó a un jardín, con un montón de árboles de distintas especies. Siguiendo el caminito que había por el jardín, llegó a un nuevo edificio, más pequeño que los anteriores, y con muchas ventanas. Se asomó por una de ellas y vio a un señor durmiendo. Skinny dio dos toques a la ventana provocando que el señor se despertara y se asomara. Skinny se agachó e impidió ser visto, y permaneció escondido hasta que aquél señor abrió la puerta de ese edificio y empezó a ver quién andaba por ahí.
-¿Quién anda ahí? ¡Sal de donde estés!
Skinny, aprovechando, se coló sigilosamente dentro de aquél edificio y vio que había muchas habitaciones. Vio que una estaba con la puerta abierta y dedujo que se trataba de la del señor que acababa de salir. Entró y cerró con pestillo. Había una estantería con un montón de libros sobre religión, una cámara de fotos, la Biblia, y un ordenador portátil. Skinny conocía la existencia de aquellos aparatos, que apenas unos pocos quedaban en funcionamiento en el mundo actual, y conocedor de su valía, lo llevó consigo. Salió de la habitación y entre las sombras llegó a la puerta roja donde había dejado a Spanky.
-Mira lo que he conseguido.
Le pasó el ordenador entre los barrotes y saltó la valla.
-Imagina lo que podremos ganar con esto.
-Tenemos que volver más veces.
Ambos regresaron a aquél bosque y metiéndose por aquella cueva regresaron a su realidad.
Al día siguiente Skinny desayunaba leyendo un periódico que acababa de robar al repartidor. En él se anunciaba el fichaje de Leonardo por parte de la comisaría, para ayudarles en la ejecución de las leyes y establecer el orden. Leonardo era licenciado en un doble grado de dirección y administración de empresas, la famosa ADE, y derecho, por la universidad Carlos III de Madrid. Debido a razones que sólo él conoce, aunque se cree que era para operarse de su rodilla, emigró a los Estados Unidos y se quedó allí trabajando. Después de la guerra quedó sin trabajo, al quedar su edificio destruido del impacto de un proyectil perdido, y como es lógico, en la postguerra, donde triunfaba la anarquía, nadie necesitaba un licenciado en ADE y derecho, por lo que la de la comisaría era una oferta que no podía rechazar. Además, se le pagaba una casa, un elevado sueldo, y un par de muchachos que le ayudarían en lo que creyera conveniente. Skinny pensó que Eric Wiseman, el redactor-jefe (y único) del periódico local, había elogiado demasiado a Leonardo, pero no le dio mucha importancia, al fin y al cabo, a él qué coño le importaba, aunque a partir de ahora debería tener más cuidado, no podría disfrutar tanto de aquél vacío legal en el que hasta ahora se encontraba.
Mientras seguía leyendo el periódico, de repente escuchó un montón de gente gritando y saliendo de sus casas. Todos salían con las maletas hechas y con sus familias corriendo despavoridos. Skinny paró a un viejo de la calle.
-¿Qué pasa, viejo? ¿Por qué corre todo el mundo?
-Es el Hambre, viene el Hambre.
Skinny le dejó ir y se retiró a su casa sorprendido.
-No me puedo creer que todavía se sigan creyendo esas gilipolleces.
Aquello era una leyenda urbana, desde niño le habían dicho que antes de la guerra, el Hambre era el mayor azote del mundo, el problema de la mayoría de los seres humanos y todos le tenían un pavor espeluznante. El Hambre se fue expandiendo, invadiendo primero África, Sudamérica, y fue adentrándose en Europa, Asia y América del Norte, arrasando ciudades enteras, cobrándose millones de víctimas.
Skinny no se creía esas patrañas, al igual que Spanky, era imposible que algo así existiera, y además, muchos habían hecho un buen negocio "precidiendo" por donde iba a atacar el Hambre y como defenderse de él, aunque en su época, nadie le había llegado a ver. Se decía que el Hambre estaba por sitios lejanos, arrasaba aldeas de países lejanos, pero no conocía a nadie que la hubiera visto con sus propios ojos. Simplemente era una tontería, como los fantasmas. Siempre le habían caído mal esos falsos profetas que anunciaban la llegada del Hambre y se forraban vivos aprovechándose de la ignorancia de la gente común, se les ofrecía dinero, tierras, pertenencias, mujeres, incluso algunos hombres llegaban a ofrecer a sus esposas e hijas que pasaban a formar parte del harén privado del profeta.
Después de pensar sobre este tema, se dirigió a la cocina y vio una nota:
"Hijo, hemos huído con los demás del pueblo por la llegada del Hambre, no te hemos avisado porque consideramos que eres mayor como para tomar tu propia decisión, si decides venir con nosotros nos podrás pillar fácilmente, hemos tomado rumbo hacia el norte, y si no... que sepas que aunque tengas todos esos problemas siempre te querremos y nunca te olvidaremos.
Con amor, papá y mamá"
Skinny se apenó por la marcha de sus padres, a los que tenía un ligero aprecio y un sentimiento de deuda, dado que le habían dado la vida, y también tuvo un sentimiento de rabia por ser tan imbéciles de creerse ese cuento chino. Pero no pensó más en ello, y se fue a la cama. Ahora sólo tenía a Spanky.